lunes, 17 de septiembre de 2007

Oda al gato-Pablo Neruda

Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.

El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.

No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche

Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.

Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.

Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Hora de la cosecha


Vivía la niña triste
de cabellos arados
por trensas de fuego,
de manos inquietas
y mirada inconciente.
Buscaba caminos
con piernas de hierro
buscaba cobijo
con su cuello erguido.

¿Quién espera a la niña
con tanto entusiasmo?
¿Quién hace que su carga
se torne liviana?
Ha de haber alguien
que su mirada sostenga,
ha de haber esperanza
en sus cálidos párpados.

Un día la niña
descidió no buscar,
un día la niña
comenzó a jugar;
trazaba surcos en los ríos,
encumbraba nubes con sus sueños,
vestía margaritas en las mañanas,
narcisos por la tarde
y jazmines al ocaso.

Por fin de pronto dijo la gran voz,
por fin de pronto retumbó el suelo,
tronó el cielo con sus dioses,
lloró el mar y la tierra floreció.
Dijo la voz que todo terminaba,
dijo la voz que ya no buscaría
dijo que era el dia de vendimia.
Dijo la voz también que la admiraba.